Una investigación liderada por el Real Jardín Botánico-CSIC ha determinado que las glaciaciones del Cuaternario influenciaron la diversidad de amebas con caparazón en la Península Ibérica. Este estudio, publicado recientemente, desafía la noción de que los microbios se distribuyen sin restricciones a través del planeta y ofrece nuevas perspectivas sobre la relación entre los organismos y el clima.
La investigación se centró en el grupo de amebas denominadas ‘Arcellinida’, cuya diversidad genética fue analizada en la Península Ibérica. Los resultados revelaron que la distribución de estas poblaciones está fuertemente condicionada por las grandes glaciaciones ocurridas en los últimos 2 millones de años. A pesar de que estos períodos de frío no cubrieron la península con casquetes de hielo, el clima se volvió considerablemente más frío y seco, lo que obligó a muchos organismos a refugiarse en áreas protegidas conocidas como refugios glaciares. Según Rubén González-Miguéns, primer autor del estudio, “esta nueva investigación demuestra que las Arcellinida hicieron exactamente lo mismo”.
El equipo encontró varios linajes antiguos de Arcellinida que lograron sobreponerse a las adversidades climáticas, expandiéndose durante épocas más cálidas. Estos hallazgos corroboran que las extensiones de estepa fría actuaron como barreras que segregaron las poblaciones, permitiendo que evolucionaran de manera independiente. En la actualidad, se ha documentado una invasión reciente de especies de origen Mediterráneo en Cantabria, lo que sugiere un posible efecto del cambio climático reciente.
Emilio Cano, técnico en la Unidad Técnica de Apoyo a la Investigación (UTAI) del RJB-CSIC, destacó que se compiló el conjunto de datos más extenso hasta ahora sobre la diversidad genética de Arcellinida, que incluye 615 muestras de diversos continentes y ecosistemas. Los resultados indican que los puntos de alta diversidad genética coinciden con los refugios ibéricos conocidos para diversas especies de flora y fauna, resaltando la existencia de nichos climáticos específicos en cada ecorregión.
Este trabajo transforma la anterior concepción de que los microbios están ubicuos, mostrando que incluso organismos microscópicos conservan en su genética la memoria de los cambios climáticos pasados. “La Península Ibérica se perfila no solo como refugio de grandes mamíferos durante las glaciaciones, sino como un archivo oculto de diversidad microbiana”, concluye Enrique Lara, investigador del CSIC al frente del estudio.
Fuente: www.infobae.com